Ahora, démonos un salto hasta las mal llamadas malas palabras, algo, en mi criterio, bien cercano a lo anterior. Desde pequeños, nuestros padres y educadores, las autoridades civiles o religiosas, nos enseñaron a no decirlas, aunque, casi nunca pudieran demostrar -salvo por su poder o autoridad- el porqué de tales reglas.
La palabra, es la unidad mínima del discurso que posee un significado, una agrupación de elementos del alfabeto que definen una unidad con significado, uno de los segmentos limitados por pausas o espacios en la cadena hablada o escrita, que puede aparecer en otras posiciones, y que está dotado de una función.
Como se puede apreciar en cada una de las anteriores definicio-nes, es fundamental tanto su significado como su función.
Por tanto, el objetivo de las palabras siempre es nombrar algo, colocar en la mente del interlocutor, la imagen de lo que se define y entonces, lograrlo o no, determina su validez.
¿Son realmente malas las malas palabras? ¿Por qué se mantienen en uso?
Las respuestas a esas interrogantes están en la historia de su aparición –al menos el nombrarlas como tal--, y es producto de la división en clases. Cuando comienza a dividirse la sociedad, empieza también a dividirse la lengua. El grupo dominante quiere mostrarse diferente, superior, y hablar distinto, mejor. Antes no existían dos vocabularios para nombrar las mismas cosas, todo el mundo hablaba igual y se entendían. ¿Qué sucedió realmente?
El espacio termina y queda bastante por decir, entonces estamos obligados a volver sobre el tema en el próximo encuentro. Antes me gustaría aclarar que, este trabajo, no constituye una loa a las groserías, vulgaridades u otros títulos aparecidos y en uso. Nos vemos.
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