Solo sucede cada cuatro años, como todo lo bueno se hace esperar. Así, igual que sufrimos durante un cuatrienio por la universalidad de los cinco aros o por la belleza del más universal, el Clásico Mundial, como toda novia que se respete, se toma su tiempo para llegar.
Arribó al universo de los deportes como una solución al destierro del béisbol de la cita olímpica y, poco a poco, se ha ido convirtiendo en una tradición, o se irá transformando, para los más escépticos.
El Clásico es la verdadera Serie del Caribe (para América), el verdadero Mundial o, si se puede ir más lejos, la verdadera y única Serie Mundial, tanto si se mide por la rivalidad o por el verdadero significado de esas palabras.
Allí no media el profesionalismo, los atletas no cobran, es más, si tuvieran que hacerlo, pagarían por estar. No defienden ni a Magallanes, ni a Pericos, ni a Ángeles. Sufren, sangran, lloran y ríen por su país, ese por el que quizás nunca han podido jugar.
Sucede que cuando en 2005 los directivos de la IBAAF y los de la MLB llegaron a un feliz acuerdo –en el nombre del béisbol– le dieron la oportunidad a estos deportistas de lucirse para su afición, la de su tierra y por su tierra.
Dos de estas citas ya son historia, y un equipo se ha ganado, a base del mejor béisbol, el derecho de ser nombrado por encima de los demás: Japón.
Los nipones hicieron lo que ningún seguidor, fanático, especialista ni erudito del deporte de las bolas y los strikes pudo vaticinar, llevarse ese primer campeonato y, mucho mejor, dos de manera consecutiva.
Era imposible de predecir en la vez inicial, no solo por su pobre desempeño en la primera y segunda rondas, sino también por el paupérrimo resultado ante su eterno rival, Corea del Sur.
También, el hecho de que otras nóminas le ponían los vellos de punta a cualquier manager contrario. Domi-nicana, Puerto Rico, Venezuela y Estados Unidos, por solo citar unos nombres.
No obstante, los del sol naciente supieron vencer en el bueno y, con balance de tres y tres, llegaron a la final que conquistaron, en esa ocasión, ante Cuba.
Los de la Isla fueron otros que aprovecharon cada chance que les dieron, cualquier huequito de aguja que se perdiera, por ahí se colaban los nuestros. Como los elefantes, lentos pero aplastando, o como versa el dicho popular, matando callados.
No pudieron ganar el último, el de la verdad, pero la experiencia de enfrentarse al béisbol organizado fue única. Aportó una nueva perspectiva que, si bien todo indicaba ayudaría, al final resultó ser un tiro por la culata.
El segundo asalto llegó en 2009. Muchos equipos seguirían mostrando nóminas de espanto, o de ensueño, en dependencia de la óptica con la que se mire.
Japón se presentaba con el respeto ganado en la edición anterior pero, aún a esas alturas, muchos no lo tenían de favorito en sus quinielas.
Por su parte, los criollos venían con un objetivo claro ante la isla más larga del mundo, sacarse la espinita que tanto dolía. Para ello, presentaron un equipo más sólido, más fuerte, para mí el mejor de los últimos 10 años (segundo en bateo y sexto en pitcheo). Pero le faltaba algo esencial: funcionalidad.
La dichosa espina se clavo más, en lo más profundo, dos veces, y nos privó de la posibilidad de pasar a la semifinal. Quedamos tan solo guardando nuestras ganas y lamiendo nuestras heridas durante otros cuatro años.
Llegó 2013; con el error de cálculo de los mayas, se les abrió otra oportunidad a los antillanos. Quiso el destino que, desde la primera vuelta, Japón estuviera en nuestro grupo, o los nuestros en el de ellos, el terreno dirá.
Los 28 jugadores cubanos encargados de buscar más y de llegar adonde no pudieron sus predecesores, ya se encuentran perfilando y ajustando los últimos detalles para defender sus colores en el diamante.
Víctor Mesa comanda la tropa. Apoyado por unos, criticado por otros, lo cierto es que algo no se le puede negar, ha hecho un equipo diferente, solo queda por ver si a diferente le sigue el adjetivo bueno o malo.
La verdadera locura de marzo ya comenzó y los aficionados aguardan. Los peloteros, también ansian este momento. Es que el Clásico Mundial tiene como efectos secundarios la demencia, provocada por la fiebre del béisbol.
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